A veces cuesta asimilar cómo pasa el tiempo. Miramos una esquina de nuestra ciudad y tratamos de recordar qué había allí hace un cuarto de siglo. Para quienes caminan por el centro de Fuengirola, la respuesta es una paradoja maravillosa: en mitad del asfalto y el rumor de la costa, se alza un pedazo de selva tropical que este año cumple nada menos que 25 años.
La historia de Bioparc Fuengirola no es la de un parque zoológico al uso; es el reflejo de un cambio de mentalidad profundo. Quienes conocieron el antiguo espacio el siglo pasado recordarán las jaulas y los fosos de cemento. La transformación que comenzó hace dos décadas y media no buscaba solo cambiar la estética, sino romper las barreras invisibles entre el visitante y el entorno. Nació así el concepto de zooinmersión, una filosofía donde los humanos somos los invitados discretos que recorren pasarelas ocultas, mientras la naturaleza recupera su espacio.
El concepto de "Origen" y los pequeños detalles
Celebrar las bodas de plata bajo el lema *Origen* invita precisamente a eso: a volver la vista atrás para entender el impacto de la conservación. No se trata solo de albergar especies en peligro de extinción como el tigre de Sumatra o el orangután de Borneo, sino de recrear sus hábitats con una fidelidad casi obsesiva. El musgo en los troncos, la luz tamizada por las copas de los árboles y el sonido constante del agua transportan a cualquiera lejos de la Costa del Sol.
A lo largo de estos años, la magia del parque también se ha construido a través de las pequeñas tradiciones de quienes lo visitan de forma recurrente. Pasear por sus senderos es redescubrir rincones, pero también encontrar sutiles novedades que apelan a la nostalgia de los viajeros.
Entre los últimos detalles que se han sumado al recorrido se encuentran tres nuevas máquinas de monedas elongadas, estratégicamente situadas para integrarse con la vegetación y el entorno. Lejos de ser un elemento disruptivo, recuperan ese encanto analógico y artesanal de los recuerdos de la infancia.
Hacer girar la manivela para ver cómo una pequeña pieza de metal se transforma en un relieve de los animales más emblemáticos del parque es, en el fondo, una bonita metáfora de lo que ha hecho el propio Bioparc durante este cuarto de siglo: moldear un viejo espacio para convertirlo en algo duradero, un trozo de historia que los visitantes se llevan a casa.
Una pausa necesaria en mitad de la rutina
Veinticinco años después, el verdadero logro de este rincón de Fuengirola no se mide en metros cuadrados, sino en la pausa que genera. En un mundo que avanza a golpe de pantallas y prisas, tener la oportunidad de sentarse a observar el comportamiento de una familia de lémures o escuchar el canto de aves exóticas sin salir de la ciudad sigue siendo un lujo necesario.
La selva ha madurado, sus árboles son más altos y sus raíces más profundas, pero el espíritu de respeto y asombro con el que abrió sus puertas sigue intacto. Por otros veinticinco años de conservación y silencio verde.
Seguimos #elongando.








